
Por Rocío Tercero y Marta Reig
Rosa María Calaf es una de las periodistas más reconocidas de nuestro país. Recordamos sus crónicas desde zonas en conflictos armados, recordamos la empatía de su relato y su ética profesional. También el rojo de su pelo, y el impacto que nos producía verla en la pantalla. Hablamos con la corresponsal que nos hacía sentir más cerca de las demás y de nuestras propias posibilidades.
Comenzaste a estudiar derecho con la idea de ser diplomática, ¿qué hizo que cambiases el rumbo y te dedicaras al periodismo internacional?
Mi voluntad viajera. En mi familia tenía un entorno viajero y lector, que en los años cincuenta no era muy común. Eso propició mi curiosidad por lo diferente. Me impulsaba la idea de conectar el exterior con el interior. Entre 1955 y 1961, tuve contacto con los libros de Carmen de Burgos y Sofía Casanova, que mi padre traía de Perpiñán. Tenía una inquietud lectora y hasta cierto punto escritora, si a eso le sumamos la curiosidad, en seguida me di cuenta de que lo que yo quería era ser periodista. Cuando pensaba en escribir, pensaba en escribir mirando hacia fuera, por lo tanto, lo que quería ser era corresponsal.
¿Cómo fueron tus comienzos como periodista en radio y televisión en un ambiente tan masculinizado como el de los años 70?
El primer reto era estar. Eran ámbitos en los que no se consideraba que la mujer tuviera ningún tipo de cabida. En RTVE en Barcelona no había ninguna mujer y en la radio tampoco había ninguna reportera. La tecnología no lo ponía fácil, pero el modelo social androcéntrico tampoco. Al principio, eras tratada como una intrusa. Éramos una anomalía molesta. En la base estaba siempre la duda sobre nuestra capacidad, no se nos suponía y tampoco se nos supone ahora. Yo tuve la enorme suerte de encontrar a un profesional que era innovador y que quiso poner a una mujer en una unidad móvil en la calle.
Estabas empezando en una profesión sin tener cerca referentes femeninas, ¿eso lo hacía más difícil?
Ahí es donde yo tenía ventaja, porque sí que los había tenido. Había estado estudiando en Inglaterra y EEUU, y en mi casa leíamos París Mach y Life. Mis referentes eran Barbara Walters y, sobre todo, Oriana Falaci, porque era lo que tenía más cerca y se parecía más a mí. Si a mí entonces me preguntaban qué quería ser decía que quería ser Oriana Falaci.
Qué importante tener referentes…
Claro, por eso los invisibilizan. Si no fueran importantes no habría tanto empeño histórico en borrarlos del mapa. Si fuéramos tan inútiles, ¿para qué molestarse en prohibir los libros de Carmen de Burgos, los cuadros de las mujeres artistas, los logros científicos…? Esa es la razón de la lucha por recuperar referentes. Me gusta mucho la frase: “porque ellas fueron, nosotras somos”, y vosotras seréis. No es una cuestión de venganza sino de justicia.
¿Cómo es saber que una misma es referente para las demás?
Durante la mayor parte de mi carrera lo que me importaba fundamentalmente era hacer un buen ejercicio profesional y eso pasaba por incluir a las mujeres en el escenario. Algunas mujeres me decían: “yo la veía a usted pensaba si yo quiero hacer esto, ¿por qué no voy a poder hacerlo si ella hace esto otro?”. Es una satisfacción enorme pensar que, lo que has contado ha servido para que la gente tenga un mayor conocimiento del mundo y de nuestra responsabilidad con lo que sucede, sino que has ejercido como referente. Y ahí entra una angustia tremenda, porque son cuestiones muy delicadas. Lo que una decide ser en la vida es muy importante y, por tanto, cualquier cosa que influya en eso tanto en negativo como en positivo tiene una responsabilidad muy grande. Ahora quiero bajar el ritmo, pero creo que tengo la obligación moral de seguir utilizando esos espacios. Tengo la obligación de contribuir a que sigamos hacia delante y un poco más rápido, si es posible.
La perspectiva de género sigue suponiendo un problema en el periodismo actual, especialmente en relación con temas internacionales. ¿Cuál sería la mejor manera de representar con precisión a las mujeres de diferentes países sin reducirlas al estereotipo de «las otras»?
Este es el gran problema y la gran necesidad, porque parece que hablamos solo desde el estamento de mujer blanca, con poder adquisitivo, pero ahí se encuentran las menos del mundo. Hay que priorizar que se escuche su voz, a mí me da mucha rabia cuando se dice “soy la voz de”. Ellas tienen su propia voz, lo que pasa es que no queremos darle un espacio para que se oiga.
“Ellas no son víctimas sumisas por su naturaleza, sino porque no les dejan ser de otra manera. Hay que reflejar lo que significa la lucha de ellas en esos entornos en los que se juegan la vida”
¿Cómo se puede contribuir desde el ámbito del periodismo a la lucha contra la discriminación sexista, desde el respeto por las distintas resistencias y autonomías culturales locales?
Cuando sales fuera tienes que reflejar cómo son esas sociedades, no todas son iguales y defendemos los derechos de todas, pero hay un factor común: la mujer está discriminada, reprimida y oprimida, y existe una resistencia de las mujeres locales de los distintos lugares. Ellas no son víctimas sumisas por su naturaleza, sino porque no les dejan ser de otra manera. Hay que reflejar lo que significa la lucha de ellas en esos entornos en los que se juegan la vida.
Tendríamos que desvictimizar a las mujeres para posicionarlas en un papel de resistencia…
La mujer sí que es víctima, pero su papel no solo es este. Porque ellas son la columna vertebral de la construcción social. En América Latina son ellas quienes están protestando en las comunidades indígenas. El avance ocurre siempre por las mujeres. Una sociedad no avanza en derechos, si no avanzan las mujeres. Esto está probadísimo y es lo que tiene que reflejar el periodismo. Y no es un trabajo solo de las mujeres periodistas, también es una responsabilidad de los hombres. El periodismo tiene que dejar que sean las mujeres las que cuenten y expliquen qué hacen.
Entonces, ¿consideras que han sido las cuestiones de género una de las claves en el desarrollo de tu trabajo?
Como periodista internacional mi campo de batalla siempre ha sido que se viera la fuerza y el papel importantísimo que tienen las mujeres incluso en esas sociedades en las que parece que están completamente anuladas.
Si las mujeres paran, todo se para…
Las sociedades funcionan por las mujeres y eso lo tenemos demostradísimo. Si las mujeres paran en su totalidad se desmorona todo. ¿Quiénes son las que van a buscar agua en los sitios en los que no hay? ¿Quiénes son las que cultivan la tierra? ¿Quiénes son las que venden en los mercados? ¿Quiénes son las que cogen las armas cuando realmente no hay hombres en el lugar? ¿Quiénes son las que se ocupan de la economía? No es verdad que las mujeres son accesorias, entonces hay que reflejar eso y darle el protagonismo que realmente tienen.
Con motivo del 25N queríamos preguntarte, ¿cómo se debería escribir sobre la violencia machista desde los medios de comunicación?
La verdad es que no soy experta, pero hay que tener cuidado porque hay relatos que acaban culpabilizando a la mujer y que ponen el foco en cualquier testimonio que no tiene ningún valor. Otro de los errores es no llamar a las cosas por su nombre, por ejemplo, no mencionar la palabra “asesinato”. Y esto vale para todo el periodismo: la precisión, el rigor, el compromiso. El relato tiene que exponerse de la forma más clara y asequible, de manera que la pueda entender todo el mundo.
Y, ¿cómo crees que puede contribuir el periodismo a erradicar la violencia de género?
Hay que entrar en las escuelas para enseñar cómo hay que consumir la información. Hay que empezar desde los colegios, para que los niños y niñas tengan muy claro lo que es violencia, porque si no son muy fácilmente manipulables. La violencia de género es un tema especialmente delicado y por lo tanto es importante que se entienda bien de lo que estamos hablando.