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La feminización de la pobreza en África: causa y consecuencia

A pesar de que las mujeres africanas producen el 80% de los alimentos y sustentan a más del 40% de las familias del continente, son el rostro más claro, y vulnerable, de la pobreza.

Según el Índice Global de la Brecha de Género 2022, República Democrática del Congo, Chad, Mali, Argelia y Benín son cinco de los diez países del mundo con mayores diferencias económicas entre hombres y mujeres. La violencia sexual durante los conflictos armados y las barreras al emprendimiento femenino son dos de las causas, y a su vez, consecuencias de la feminización de la pobreza en el continente africano.

La violencia sexual: arma de guerra a favor de la brecha de género

“Lo necesitan, doctor, ahora mismo. Es una emergencia”. Así, atropellados, llegaban los pacientes al Hospital de Panzi que el doctor congoleño y Premio Nobel de la Paz, Denis Mukwege gestionó. Lo cuenta él mismo en su libro La fuerza de las mujeres (Galaxia Guttenberg), donde repasa su trayectoria trabajando con mujeres que han sufrido violencia sexual. Era septiembre de 1999 y la República Democrática del Congo ya estaba sumida en uno de los mayores infiernos sanitarios: las violaciones sistemáticas a las mujeres. Entre septiembre y diciembre de ese mismo año, 45 mujeres ingresaron en el centro hospitalario de Panzi por heridas infligidas durante las violaciones cometidas por soldados o rebeldes. Tiros en los genitales, introducción de objetos punzantes, palos e incluso pistolas en las vaginas de sus víctimas, provocaron graves daños físicos e irremediables secuelas psicológicas.

Estimar el número de violaciones en R.D. Congo no es una tarea fácil. La ausencia de un rastreo metodológico eficaz, el encubrimiento de las fuerzas militares de muchos de los episodios y la renuncia de algunas mujeres a denunciar los delitos cometidos contra ellas entorpecen las estadísticas. Aun así, se calcula que más de un millón de mujeres han sido violadas en el país, según datos de Naciones Unidas.

Durante los conflictos armados, en R.D. Congo y en el resto de países en conflicto en el continente africano, las mujeres están en la primera línea de la agresión y la
pobreza. Se estima que el 90% de las víctimas de guerra en la actualidad son civiles, la mayoría de ellas mujeres y niños. Las mujeres se han transformado en un arma de guerra, lo que las convierte en un blanco vulnerable, daña su salud física y psicológica y merma sus oportunidades económicas. Además, debido al estigma asociado con el abuso sexual, muchas de las agredidas corren el riesgo de ser marginadas por sus entornos familiares o por la comunidad. Sin aceptación ni ingresos fijos, muchas optan por prostituirse o convertirse en esclavas sexuales.

La barrera económica al emprendimiento femenino

La violencia y los abusos sexuales no son el único mecanismo que merma el desarrollo de las mujeres en África. Durante los últimos años, y a pesar de la digitalización de los procesos económicos, la población femenina experimenta, aún más, dificultades para acceder a los recursos financieros tradicionales. A pesar de que en África hay más mujeres autónomas y con negocios con empleados que hombres, sus empresas tienen menos beneficios, menos empleados y menor valor económico. Las emprendedoras se enfrentan a problemas como la especialización, la falta de educación en servicios financieros, la ausencia de seguridad en sectores dominados por hombres, así como el tiempo para poder sacar adelante sus negocios.

La emprendedora media africana tiene 37 años, está casada y tiene estudios básicos. Esto lleva a las mujeres a abrir negocios de menor valor añadido relacionados con la venta minorista y la hostelería. Además, las mujeres que abren sus negocios tienen tan solo un 23% de conocimientos financieros, hasta diez puntos menos que los hombres, según los datos del informe Power Parity del Banco Mundial.

Además, conforme va creciendo el número de empleados se va reduciendo el número de empresas lideradas por mujeres. Ellas encabezan el 20% de los negocios con hasta diez empleados, pero la cifra se reduce a la mitad cuando son ya grandes empresas de más de 100 empleados y aún más hasta el 7% en macroempresas de más de 500 empleados