Editorial

Los avances en igualdad de las mujeres están a punto de retroceder (o peor aún) considerablemente, a causa de unos gobiernos que han decidido poner fin a concejalías, consejerías, etc. y sueñan con acabar con el Ministerio de Igualdad como si fuese la causa de todos los males del país. Que algo así esté ocurriendo en el siglo XXI deja patente la necesidad de la historia como asignatura esencial y prioritaria en todos los niveles de la enseñanza, para que cada persona conozca la verdad sobre los orígenes de las desigualdades y el daño provocado por la falta de respeto y la intolerancia, por la ausencia de empatía hacia otros seres humanos por parte de quienes legislaron (y en muchos casos legislan) y ejercen el poder.

La igualdad es la base de la democracia. Resulta esperpéntico el observar cómo se ataca a una ministra (sea quien sea la ministra) y a las mujeres que luchan por derechos humanos. La lucha por la igualdad es absolutamente legítima y quienes se oponen a los avances están defendiendo modelos autoritarios de privación de los derechos humanos. Por ello, es imprescindible rescatar modelos educativos que cuenten la historia, que lo hagan, además, desde una perspectiva de género, y que permitan tiempo para la reflexión y el análisis.

Los medios de comunicación son lo que son, tienen intereses que se escapan al conocimiento cotidiano de las gentes comunes, pero las y los periodistas tienen una responsabilidad social, un compromiso ético. No pueden convertirse en reproductores de informaciones descontextualizas que hagan creer a esas personas de a pie, alejadas de los centros de poder, que las propuestas de los partidos antiprogresistas van a facilitarles la vida, cuando es al contrario. Ya no tenemos preparación para el análisis político y la manipulación resulta sencilla.

No hace falta decir que el gobierno no es nunca perfecto, ni puede satisfacer a todo el mundo, pero para eso debería haber una ciudadanía formada políticamente que exigiese a sus gobernantes, que se comunicara con las diputadas y diputados, para que les representen.

Recortar derechos es siempre muy peligroso y recortárselos una misma por estar enfadada con quienes no cumplieron todas sus expectativas es un suicidio.  Las mujeres hemos sufrido, y sufrimos mucho, que nos priven de la libertad de tener una vida que podamos elegir.  Hay que votar sabiendo de qué manera ese voto afecta a nuestra vida personal y profesional, a los salarios, a la lucha contra el acoso sexual y sexista, al acoso laboral, a la violencia vicaria, a las violencias sexuales, a las violencia de género, a la salud física y mental, a los cuidados, al tiempo libre y de ocio. Y hay que gritar a los cuatro vientos que los valores democráticos son valores de igualdad o no son valores democráticos.